viernes, 29 de julio de 2011

Las Aventuras del Conductor Correcto II: ‘Copiloto’

Segunda entrega de las moralizantes Aventuras del Conductor Correcto.


Soy conductor, y me gusta mucho serlo, adoro la libertad y autonomía que te da un vehiculo. Me gusta conducir, tanto es así que si me cubren el gasto de combustible no me suele importar acercar a la gente a su casa.
Pero hubo un tiempo en el que era principalmente peatón, usuario de autobuses, y como mucho lo más alto que podía aspirar en esa cadena era a sentarme en el asiento del copiloto.
Los hechos que os voy a relatar acontecieron en esa época, hace unos nueve años.

Serían las siete y media de la mañana. Mi padre iba conduciendo tranquilamente. En la radio sonaba Demis Roussos (en realidad estoy bastante seguro de que no sonaba música, pero me sirve de excusa para poner un enlace a una canción del barbudo italiano).

De repente, una mañana que estaba pareciendo monótona y aburrida, tal y como cualquier otra, se convirtió en una versión cutre, acortada y autóctona de ‘el diablo sobre ruedas’ cuando una furgoneta grande empezó a perseguir nuestro coche.
¿El motivo? Creo recordar que no le dejamos paso en una zona en la que él tenía un ceda o algo por el estilo.
El tío nos pitaba, intentaba ponerse a nuestro costado para lanzarnos improperios y se comportaba como un autentico gilipollas.
¿Cómo le han dado el carné a semejante energúmeno?

Como es normal, en mi coche no se le hacía ningún caso.

Hasta que, parados en un semáforo, escuchamos de lejos un portazo y a los pocos segundos una voz junto a la ventanilla del conductor empezando la frase: ‘OIGA…’. Aunque trataba a mi padre de ‘usted’ no se le notaba el menor respeto en el tono de voz.
Jamás sabremos como iba a acabar la frase, porque, al inclinarse con cara de pocos amigos junto a la ventanilla se encontró con una visión que no esperaba.

El reflejo en el espejo es el primer ser humano al que veo todos los días. El espejo me devuelve la imagen de un individuo feísimo (y en porretas para mas INRI), pero no me asusto porque el tío de el espejo, aparte de ser una imagen habitual en mi vida (a todo se acostumbra uno), es una presencia pacifica. Incluso me cae bien.
Esa es la visión que se encontró el conductor de furgoneta. Me vio a mi, tal y como era por entonces, que en esencia, es igual que ahora, pero nueve años más joven y con bastante más pelo por todas partes.
León de Atlas, con su característica melena oscura.

Sin embargo, el conductor de la furgoneta no se esperaba verme sentado en el asiento del copiloto. Hasta el momento de mí no había visto más que una melena larga, morena y rizada, y posiblemente me habría tomado por una mujer.
De este modo, cuando se asomó por la ventanilla de el conductor y vio a un individuo de largas melenas de León de Atlas (tenía el pelo a medio secar, con su correspondiente volumen añadido), barbas largas, chaqueta de cuero y camiseta de Iron Maiden, debió resultarle una imagen feroz (en lugar de lo que era, un pacifico muchacho de 18 tiernos años al que llevaban al insti), porque el pobre individuo viró su expresión facial de ira a miedo, dejó su frase a medio terminar y huyó a su furgoneta.
No volvió a molestar.
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